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Obra literaria: EL QUIJOTE DEL SIGLO XX

(Primera parte)

 

 

Estimados amigos: mi nombre es Ernesto Correa Barrantes; abrí los ojos a la luz del sol un 23 de mayo de 1970, en Jaén, calurosa ciudad ubicada en el norte de la Patria. Soy licenciado en enfermería, y siempre he tenido aficiones literarias. A través de la magia de Internet, publico el trabajo presente, que espero sea del agrado de Uds.

Hasta la próxima.

Autor: Ernesto Correa Barrantes.
Correo: ernestocorrea@yahoo.com 
 

  
A continuación la presente obra:

CAPITULO I

       Era un hombre de elevada estatura, autodidacta en extremo grado, que a pesar de no haber cursado la universidad, una vez concluida la educación secundaria, optó por leer todo libro, revista o periódico que llegara a sus manos; su adicción a la lectura lo absorbía desde antes que clareciera el alba, pues a esta hora ya se encontraba con los ojos fijos sobre los renglones; se sabía de memoria los países de la tierra, con sus respectivas capitales, historia y accidentes geográficos de importancia. De igual modo había aprendido los principios filosóficos de la mayor parte de las doctrinas, el argumento de las obras de la literatura universal y otras tantas materias que le causaban fascinante satisfacción. Pero su talón de Aquiles era el campo de las matemáticas, pues no se había explayado más allá de las cuatro operaciones básicas. Trastrocando la frase del gran poeta, en una oportunidad había dicho: "hermanos, aún queda mucho por aprender". En los últimos días se dedicaba al estudio de los comics, y para tal efecto, no lograba escatimar esfuerzos al extremo de permanecer leyendo de claro en claro, descuidando hasta sus necesidades básicas de alimentación y aseo.

       Este personaje vivía en una mansión de un exclusivo barrio residencial capitalino; era el hijo único del matrimonio Onrubia Criado, pareja de inmigrantes afincados en Lima hacía bastante tiempo, los cuales encontraron trágica muerte en un accidente automovilístico. Había  transcurrido diez años de aquel suceso fatal, y Fabián _ que así se llamaba este único descendiente, huérfano, de treinta y ocho años de edad _, era el heredero universal de una regular fortuna consistente en un hotel y otros inmuebles, administrados por un cercano colaborador de nombre Joaquín Escalas. Con los ingresos económicos obtenidos, había comprado gran cantidad de bibliografía, igual o mayor que la Biblioteca Nacional. Su amor por la palabra escrita era tan exagerada, que llegaba al extremo de lamentarse por no haber existido en la época del esplendor de la Biblioteca de Alejandría para defenderla con su vida. Su pasión por la lectura había postergado sus planes matrimoniales; estaba soltero y deseoso de recitarle unos versos de poeta platónico a las señoritas del barrio.

 

      Cierto día, operó en su ser un cambio trascendental; acudió a un cercano cine donde disfrutó de un film, cuyo argumento estaba íntegramente relacionado con aquellos héroes de historieta. A partir de ese acontecimiento, acudió a las videotecas en busca de cintas para proyectarlas en su VHS Su adicción a este tipo de espectáculo fue en aumento día tras día. Durante las últimas semanas estaba fatigado mentalmente; saliendo a caminar hacia el patio trasero de su residencia, tuvo alucinaciones horribles: vio una luciérnaga sobre el piso, la cual creció desmesuradamente, hasta convertirse en una descomunal nave extraterrestre, de donde bajó un ser con una estatura de veinte centímetros mayor que la suya, el cual lo condujo al interior de la nave, e inmediatamente fue transportado a velocidad sorprendente con dirección vertical hasta situarse a varios kilómetros de altura, desde donde lo lanzaron. Ante su inminente caída, se sintió desfallecer, morir para siempre... se desmayó.

       No fue sino luego de tres horas (a las 9:00 a.m.) que volvió en sí, completamente desmemoriado del acontecimiento acaecido horas antes. Se levantó con dificultad, se lavó la cara y el ensortijado cabello; fue a peinarse frente a un espejo, y al observarse el rostro se dio con la sorpresa de que no era el mismo: había cambiado fenomenalmente; tenía el rostro de un conocido superhéroe ya fallecido... había perdido la razón. "Él ya ha muerto, pero su espíritu se ha reencarnado en mí... desde hoy lucharé contra la injusticia... Por un mundo libre y justo", dijo. Precipitadamente ingresó en su gabinete, levantó el teléfono, marcó el número de un conocido sastre, que no tardó en llegar.

       _ Lo he llamado para que me confeccione la ropa y la demás indumentaria, digna de un superhéroe como soy... de hoy en adelante haré justicia a los humildes del planeta_, le dijo.

        Al cabo de setenta y dos horas, don Pablo, que así se llamaba el sastre, regresó con la indumentaria confeccionada, dispuesto a cobrar sus honorarios. Aquél se midió la ropa; le quedaba perfectamente bien. El pobre viejo imaginó que su cliente había optado por trabajar en el teatro, representando cierto personaje.

       Fabián, luego de haberse desnudado por completo, se colocó los pantalones estrechos, muy parecidos a los que utilizan los toreros; un chaleco de color gris, grueso y de grandes botones; sobre éste, un polo de color verde en el cual había estampada una hoja de trébol, que le cubría la mayor parte de los pectorales, en cuyo fondo se notaba la consonante "F" del alfabeto gótico. Con ayuda del sastre se colocó la capa, también verde, que a la altura de los hombros tenía un ancho de setenta centímetros y a nivel de las pantorrillas, donde terminaba, 1.50 m.

 _          ¿Qué tal estoy?

 _          La ropa le queda perfectamente bien, señor Fabián; usted con esta indumentaria va a quedar en primer puesto frente a sus colegas que van a interpretar los demás personajes en el teatro _ respondió en tono afable_, e inmediatamente preguntó:

 _            ¿Dónde va a ser la función?

El interlocutor no respondió de inmediato, sólo exclamó:

 _            ¡Faltaban las botas!

  Presurosamente se dirigió al pequeño depósito de antigüedades y extrajo de éste un par de botas de su fallecido padre, un ex combatiente de la segunda gran conflagración mundial.

_          ¡Ya está todo listo! ¡ahora a divagar por mi país, por el mundo! ¡a luchar por la justicia!

 El  sastre, que no entendía lo que realmente ocurría, sólo esperaba la plata para marcharse.

 _          Señor, por ahora tengo bastante trabajo; usted ya está servido...

 _          No se preocupe usted; mi estimado servidor, en este mismo instante le voy a pagar...

 Y eligiendo la llave de entre las demás de un copioso llavero, abrió la cerradura de un cajón fijado a la pared y extrajo un fajo de billetes que se los entregó.

 

_          Mi sexto sentido me indica que está sucediendo un gran incendio en el sector industrial del puerto... ¡Para nosotros los superhéroes, no hay barreras de ninguna clase, podemos viajar a través del tiempo y el espacio! ¡allá voy, mis pobres infelices, a salvarles la vida!

 No bien hubo dicho estas palabras, saltó por la ventana, rompiendo los vidrios y lastimándose la piel. Don Pablo no tardó en salir a la calle, y al verlo correr aprisa por las interminables aceras de la ciudad, concluyó que su cliente había perdido los estribos. El tumulto cundió entre los transeúntes, de lo cual "Superfabián" ni siquiera se percató.

 Corrió tan rápido y sin importarle el cansancio, llegó hasta la humareda de un lejano basural, alrededor del cual hurgaban los niños de la calle.

 _          ¡Soy el superhéroe que ha venido exclusivamente a afrontar esta verdadera desgracia...! Ustedes jóvenes obreros _ dijo dirigiéndose a los pequeños _, ¡retírense pronto! ¡antes que las llamas les causen perjuicios!

 Ellos no comprendieron el porqué de tal actitud, sólo se retiraron; desaparecieron ante el presentimiento de que se trataba de un miembro parapolicial.   Esta labor lo mantuvo ocupado hasta bien entrada la tarde. Valiéndose de un balde viejo, que encontró en el muladar, cargaba tierra, esparcía la basura con las botas, desparramaba el polvo, con lo cual lograba apagar la materia que lentamente se consumía. Cuando cesó el humo, suspiró triunfante. "Al fin _ se dijo _, he logrado evitar una fatalidad: número de víctimas, cero; pocos daños materiales... ¡Ah! y lo mejor de todo es que se ha evitado una catástrofe ecológica, pues ese maldito humo, hubiese sido insoportable en los pulmones de los habitantes de esta gran ciudad..." y haciendo puños con las manos, giró alrededor de su eje en 360º y saltó lo más alto posible, ésta era una señal de triunfo que iba a utilizar en adelante. Cuando arribó a su residencia, estaba tan hambriento, que instintivamente abrió el refrigerador y se comió toda la fruta encontrada. De pronto se le ocurrió escribir un diario de todas las grandezas o disparates _ como prefiera llamarlas el lector _, que se generen a lo largo de tan enaltecida o quizás entristecida o incomprendida misión que la vida le había confiado. "Estoy convencido de que los superhéroes son duros de matar; casi no mueren; de hoy en adelante dejaré un libro para que las futuras generaciones reconozcan mis méritos". Y agarrando un papel señaló en la página superior el número 1 y empezó la narración.

Cuando hubo terminado de escribir, de su biblioteca cogió al azar un volumen, abrió y la primera impresión que tuvo fue percibir una representación del cuadro de la "Gioconda" de Leonardo da Vinci. El texto versaba exclusivamente sobre pintura. Desglosó la página señalada, suspiró ruidosamente, cerró los ojos y pronunció:  "ésta es la mujer que amé en mi anterior reencarnación, aún tengo fresco el recuerdo; sí, fui el florentino Francesco del Giocondo... ¡Cómo se ha podido  conservar este retrato... ! Y ella misma, en este  tiempo, sin duda ha de estar reencarnada en el cuerpo de una bella dama... estoy dispuesto a recorrer el mundo con el objetivo de encontrarla y si ella estuviere casada, yo venceré al impostor, para conquistarla; ella me pertenece como la tierra prometida le pertenece al Pueblo Hebreo, aunque hubiera estado ocupada por otros, como diría don Henry Cattan; sí,  en honor a Dios, que en Él creo, afirmo que esta bella dama, me ha sido designada por Él para la dicha y felicidad de este humilde luchador... ¡pero qué linda eres! esa bella e indescriptible sonrisa que posees; esa mirada tierna e inocente de ángel niño... y tus manos de seda para friccionar los sagrados pies de Cristo camino al calvario, ¡me han vuelto loco!" Y diciendo esto aproximó los  labios a los de la Monna Lisa. Y como si esto hubiera sido poco, esa misma noche le adaptó un marco de madera, protegido por una luna, y colgó el cuadro a una prudente altura, frente a su mesa de lectura. Era el inicio de largos e interminables monólogos, cuando dijo: "de hoy en adelante, bella mía, me hablarás en mi cerebro; tú gobernarás de ese modo mi existencia..."

 

Al día siguiente partió en busca de la reencarnación de la Gioconda, no sin antes despedirse con un beso de su amada, haciendo uso de ademanes ceremoniosos. El objetivo ya estaba trazado, así que tan pronto como puso los pies en la calle, empezó a observar detenidamente el rostro de las mujeres con quienes tropezaba, ante la mirada temerosa de las mismas. No importaba que fueran niñas de diez años de edad o ancianas sexagenarias, lo importante era localizarla. No fue sino al tercer día que vio coronada de éxito su búsqueda. El lugar era un conocido parque, y ella, una mujer de aproximadamente veintiocho años, que paseaba de la mano con un hombre, probablemente su esposo. No dudó: ella era la dama que tanto había buscado; la reconocía por ese inconfundible cabello, esa inigualable sonrisa a flor de labios, esa mirada... y avanzó frenéticamente, dispuesto a abrazarla, gritando: " Lisa, por fin te encontré; has sido mía allá, hace mucho tiempo, en anteriores vidas y hoy serás mía para siempre...  ¡no escaparás!" La pobre mujer tuvo gran sorpresa. Rápidamente se colocó a espaldas del fornido acompañante.

 _          ¡Qué es lo que le pasa a usted, señor? _ preguntó con grave acento el fortachón.

 _          Esta bella dama me pertenece y voy a ser capaz de todo para ganarla...

 _          ¡Así que usted se atreve a faltar el respeto a mi esposa y a mí!

 Diciendo esto lo tomó por sorpresa y lo condujo al suelo en hábil maniobra de artes marciales. Fue suficiente para llamar la atención de dos policías, que habían estado observando la escena.

 _            ¡Llévenlo al calabozo a este borracho impertinente! _ profirió el vencedor.

 Inmediatamente lo esposaron, lo condujeron al interior del vehículo policial y partieron a la comisaría.

 El calabozo tenía un área de cincuenta metros cuadrados, estaba dividido por una pared de ladrillo de 1.20 m. de alto, detrás de la cual los detenidos hacían sus necesidades fisiológicas, lo que condicionaba un olor nauseabundo.

 Superfabián no estaba solo, con él se contaban doce seres humanos, encarcelados por diversos motivos. Había drogadictos, asaltantes sorprendidos in fraganti, un violador de menores; todos ellos al verlo entrar no tardaron en charcearse. Él permaneció en mutismo absoluto, pensando en aquella obra de arte. La santa noche la pasó en vela, soportando las bromas pesadas de sus compañeros de presidio. El frío era insoportable, y se ha de reconocer que si no enfermó de infecciones respiratorias fue gracias al nivel aceptable de sus defensas corporales. Finalmente, luego de más de quince horas de reclusión, cuando fue interrogado por las autoridades policiales, quedó absuelto. Habiendo replicado frases incoherentes, carentes de sentido, los hombres de uniforme concluyeron que nuestro personaje estaba demente.

 Encontrándose libre, tomó rumbo a un cercano mercado en donde adquirió frutas para su alimentación. Saciada su hambre, anduvo lentamente, abriéndose paso por entre la gente hasta llegar a un puesto de venta de pajarillos multicolores traídos de la amazonia. El cautiverio de las aves, por libre asociación de ideas, le hizo recordar los sufrimientos y privaciones de la reclusión y ante esa circunstancia, dijo solemnemente: "es injusto el refrán: más vale pájaro en mano que ciento volando... esas pobres criaturas deben volver a su hábitat natural, al paraíso creado por el Señor para alegrar el ambiente con sus deliciosos trinos... como superhéroe, jamás permitiré semejante atropello a la libertad.  ¡Seréis libres, pajarillos míos!"

 Al cabo de segundos, abrió la jaula y dejó escapar más de diez caros ejemplares. El dueño del establecimiento, apuró el paso con garrote en mano, decidido a cobrarse en las costillas de Superfabián el perjuicio ocasionado por éste, pero de pronto, un hombre de mediana estatura, de calva cabellera y ojos vivaces, interrumpió con energía: "¡Alto, no lastime a este hombre; yo voy a arreglar!" Esta expresión calmó el  ánimo  del comerciante. Superfabián volteó  la mirada y se dio con la sorpresa de tener de cerca a José del Rosal, antiguo camarada de estudios secundarios.

 _          Pero qué es lo que te pasa, Fabián; qué te ha sucedido, ¡mira como andas!

 _          ¡Soy la reencarnación de un superhéroe ya fallecido! ¡he querido ser original! ¡por eso llevo esta "F" en mi pecho! la misión consiste en recorrer el mundo para solucionar los males existentes...

 Concluyendo, se retiró sin despedirse del amigo.