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Obra literaria: EL QUIJOTE DEL SIGLO XX (Primera parte) |
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| Autor: Ernesto Correa Barrantes. | ||
| Correo: ernestocorrea@yahoo.com | ||
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CAPITULO
I
Era un hombre de elevada estatura,
autodidacta en extremo grado, que a pesar de no haber cursado la
universidad, una vez concluida la educación secundaria, optó por leer
todo libro, revista o periódico que llegara a sus manos; su adicción a
la lectura lo absorbía desde antes que clareciera el alba, pues a esta
hora ya se encontraba con los ojos fijos sobre los renglones; se sabía de
memoria los países de la tierra, con sus respectivas capitales, historia
y accidentes geográficos de importancia. De igual modo había aprendido
los principios filosóficos de la mayor parte de las doctrinas, el
argumento de las obras de la literatura universal y otras tantas materias
que le causaban fascinante satisfacción. Pero su talón de Aquiles era el
campo de las matemáticas, pues no se había explayado más allá de las
cuatro operaciones básicas. Trastrocando la frase del gran poeta, en una
oportunidad había dicho: "hermanos, aún queda mucho por
aprender". En los últimos días se dedicaba al estudio de los comics,
y para tal efecto, no lograba escatimar esfuerzos al extremo de permanecer
leyendo de claro en claro, descuidando hasta sus necesidades básicas de
alimentación y aseo. Este personaje vivía en una mansión
de un exclusivo barrio residencial capitalino; era el hijo único del
matrimonio Onrubia Criado, pareja de inmigrantes afincados en Lima hacía
bastante tiempo, los cuales encontraron trágica muerte en un accidente
automovilístico. Había transcurrido diez años de aquel suceso fatal, y Fabián _
que así se llamaba este único descendiente, huérfano, de treinta y ocho
años de edad _, era el heredero universal de una regular fortuna
consistente en un hotel y otros inmuebles, administrados por un cercano
colaborador de nombre Joaquín Escalas. Con los ingresos económicos
obtenidos, había comprado gran cantidad de bibliografía, igual o mayor
que la Biblioteca Nacional. Su amor por la palabra escrita era tan
exagerada, que llegaba al extremo de lamentarse por no haber existido en
la época del esplendor de la Biblioteca de Alejandría para defenderla
con su vida. Su pasión por la lectura había postergado sus planes
matrimoniales; estaba soltero y deseoso de recitarle unos versos de poeta
platónico a las señoritas del barrio. Cierto día, operó en su ser un
cambio trascendental; acudió a un cercano cine donde disfrutó de un
film, cuyo argumento estaba íntegramente relacionado con aquellos héroes
de historieta. A partir de ese acontecimiento, acudió a las videotecas
en busca de cintas para proyectarlas en su VHS
Su adicción a este tipo de espectáculo fue en aumento día tras día.
Durante las últimas semanas estaba fatigado mentalmente; saliendo a
caminar hacia el patio trasero de su residencia, tuvo alucinaciones
horribles: vio una luciérnaga sobre el piso, la cual creció
desmesuradamente, hasta convertirse en una descomunal nave extraterrestre,
de donde bajó un ser con una estatura de veinte centímetros mayor que la
suya, el cual lo condujo al interior de la nave, e inmediatamente fue
transportado a velocidad sorprendente con dirección vertical hasta
situarse a varios kilómetros de altura, desde donde lo lanzaron. Ante su
inminente caída, se sintió desfallecer, morir para siempre... se desmayó. No fue sino luego de tres horas (a
las 9:00 a.m.) que volvió en sí, completamente desmemoriado del
acontecimiento acaecido horas antes. Se levantó con dificultad, se lavó
la cara y el ensortijado cabello; fue a peinarse frente a un espejo, y al
observarse el rostro se dio con la sorpresa de que no era el mismo: había
cambiado fenomenalmente; tenía el rostro de un conocido superhéroe ya
fallecido... había perdido la razón. "Él ya ha muerto, pero su espíritu
se ha reencarnado en mí... desde hoy lucharé contra la injusticia... Por
un mundo libre y justo", dijo. Precipitadamente ingresó en su
gabinete, levantó el teléfono, marcó el número de un conocido sastre,
que no tardó en llegar. _ Lo he llamado para que me
confeccione la ropa y la demás indumentaria, digna de un superhéroe como
soy... de hoy en adelante haré justicia a los humildes del planeta_, le
dijo. Al cabo de setenta y dos horas,
don Pablo, que así se llamaba el sastre, regresó con la indumentaria
confeccionada, dispuesto a cobrar sus honorarios. Aquél se midió la
ropa; le quedaba perfectamente bien. El pobre viejo imaginó que su
cliente había optado por trabajar en el teatro, representando cierto
personaje. Fabián, luego de haberse desnudado
por completo, se colocó los pantalones estrechos, muy parecidos a los que
utilizan los toreros; un chaleco de color gris, grueso y de grandes
botones; sobre éste, un polo de color verde en el cual había estampada
una hoja de trébol, que le cubría la mayor parte de los pectorales, en
cuyo fondo se notaba la consonante "F" del alfabeto gótico. Con
ayuda del sastre se colocó la capa, también verde, que a la altura de
los hombros tenía un ancho de setenta centímetros y a nivel de las
pantorrillas, donde terminaba, 1.50 m. _
¿Qué tal estoy? _
La ropa le queda perfectamente bien, señor Fabián; usted con esta
indumentaria va a quedar en primer puesto frente a sus colegas que van a
interpretar los demás personajes en el teatro _ respondió en tono
afable_, e inmediatamente preguntó: _
¿Dónde va a ser la función? El
interlocutor no respondió de inmediato, sólo exclamó: _
¡Faltaban las botas!
Presurosamente se dirigió al pequeño depósito de antigüedades y
extrajo de éste un par de botas de su fallecido padre, un ex combatiente
de la segunda gran conflagración mundial. _
¡Ya está todo listo! ¡ahora a divagar por mi país, por el
mundo! ¡a luchar por la justicia! El
sastre, que no entendía lo que realmente ocurría, sólo esperaba
la plata para marcharse. _
Señor, por ahora tengo bastante trabajo; usted ya está servido... _
No se preocupe usted; mi estimado servidor, en este mismo instante
le voy a pagar... Y
eligiendo la llave de entre las demás de un copioso llavero, abrió la
cerradura de un cajón fijado a la pared y extrajo un fajo de billetes que
se los entregó. _
Mi sexto sentido me indica que está sucediendo un gran incendio en
el sector industrial del puerto... ¡Para nosotros los superhéroes, no
hay barreras de ninguna clase, podemos viajar a través del tiempo y el
espacio! ¡allá voy, mis pobres infelices, a salvarles la vida! No
bien hubo dicho estas palabras, saltó por la ventana, rompiendo los
vidrios y lastimándose la piel. Don Pablo no tardó en salir a la calle,
y al verlo correr aprisa por las interminables aceras de la ciudad,
concluyó que su cliente había perdido los estribos. El tumulto cundió
entre los transeúntes, de lo cual "Superfabián" ni siquiera se
percató. Corrió
tan rápido y sin importarle el cansancio, llegó hasta la humareda de un
lejano basural, alrededor del cual hurgaban los niños de la calle. _
¡Soy el superhéroe que ha venido exclusivamente a afrontar esta
verdadera desgracia...! Ustedes jóvenes obreros _ dijo dirigiéndose a
los pequeños _, ¡retírense pronto! ¡antes que las llamas les causen
perjuicios! Ellos
no comprendieron el porqué de tal actitud, sólo se retiraron;
desaparecieron ante el presentimiento de que se trataba de un miembro
parapolicial. Esta
labor lo mantuvo ocupado hasta bien entrada la tarde. Valiéndose de un
balde viejo, que encontró en el muladar, cargaba tierra, esparcía la
basura con las botas, desparramaba el polvo, con lo cual lograba apagar la
materia que lentamente se consumía. Cuando cesó el humo, suspiró
triunfante. "Al fin _ se dijo _, he logrado evitar una fatalidad: número
de víctimas, cero; pocos daños materiales... ¡Ah! y lo mejor de todo es
que se ha evitado una catástrofe ecológica, pues ese maldito humo,
hubiese sido insoportable en los pulmones de los habitantes de esta gran
ciudad..." y haciendo puños con las manos, giró alrededor de su eje
en 360º y saltó lo más alto posible, ésta era una señal de triunfo
que iba a utilizar en adelante. Cuando arribó a su residencia, estaba tan
hambriento, que instintivamente abrió el refrigerador y se comió toda la
fruta encontrada. De pronto se le ocurrió escribir un diario de todas las
grandezas o disparates _ como prefiera llamarlas el lector _, que se
generen a lo largo de tan enaltecida o quizás entristecida o
incomprendida misión que la vida le había confiado. "Estoy
convencido de que los superhéroes son duros de matar; casi no mueren; de
hoy en adelante dejaré un libro para que las futuras generaciones
reconozcan mis méritos". Y agarrando un papel señaló en la página
superior el número 1 y empezó la narración. Cuando
hubo terminado de escribir, de su biblioteca cogió al azar un volumen,
abrió y la primera impresión que tuvo fue percibir una representación
del cuadro de la "Gioconda" de Leonardo da Vinci. El texto
versaba exclusivamente sobre pintura. Desglosó la página señalada,
suspiró ruidosamente, cerró los ojos y pronunció:
"ésta es la mujer que amé en mi anterior reencarnación, aún
tengo fresco el recuerdo; sí, fui el florentino Francesco del Giocondo...
¡Cómo se ha podido conservar
este retrato... ! Y ella misma, en este
tiempo, sin duda ha de estar reencarnada en el cuerpo de una bella
dama... estoy dispuesto a recorrer el mundo con el objetivo de encontrarla
y si ella estuviere casada, yo venceré al impostor, para conquistarla;
ella me pertenece como la tierra prometida le pertenece al Pueblo Hebreo,
aunque hubiera estado ocupada por otros, como diría don Henry Cattan; sí,
en honor a Dios, que en Él creo, afirmo que esta bella dama, me ha
sido designada por Él para la dicha y felicidad de este humilde
luchador... ¡pero qué linda eres! esa bella e indescriptible sonrisa que
posees; esa mirada tierna e inocente de ángel niño... y tus manos de
seda para friccionar los sagrados pies de Cristo camino al calvario, ¡me
han vuelto loco!" Y diciendo esto aproximó los
labios a los de la Monna Lisa. Y como si esto hubiera sido poco,
esa misma noche le adaptó un marco de madera, protegido por una luna, y
colgó el cuadro a una prudente altura, frente a su mesa de lectura. Era
el inicio de largos e interminables monólogos, cuando dijo: "de hoy
en adelante, bella mía, me hablarás en mi cerebro; tú gobernarás de
ese modo mi existencia..." Al día
siguiente partió en busca de la reencarnación de la Gioconda, no sin
antes despedirse con un beso de su amada, haciendo uso de ademanes
ceremoniosos. El objetivo ya estaba trazado, así que tan pronto como puso
los pies en la calle, empezó a observar detenidamente el rostro de las
mujeres con quienes tropezaba, ante la mirada temerosa de las mismas. No
importaba que fueran niñas de diez años de edad o ancianas sexagenarias,
lo importante era localizarla. No fue sino al tercer día que vio coronada
de éxito su búsqueda. El lugar era un conocido parque, y ella, una mujer
de aproximadamente veintiocho años, que paseaba de la mano con un hombre,
probablemente su esposo. No dudó: ella era la dama que tanto había
buscado; la reconocía por ese inconfundible cabello, esa inigualable
sonrisa a flor de labios, esa mirada... y avanzó frenéticamente,
dispuesto a abrazarla, gritando: " Lisa, por fin te encontré; has
sido mía allá, hace mucho tiempo, en anteriores vidas y hoy serás mía
para siempre... ¡no escaparás!"
La pobre mujer tuvo gran sorpresa. Rápidamente se colocó a espaldas del
fornido acompañante. _
¡Qué es lo que le pasa a usted, señor? _ preguntó con grave
acento el fortachón. _
Esta bella dama me pertenece y voy a ser capaz de todo para
ganarla... _
¡Así que usted se atreve a faltar el respeto a mi esposa y a mí! Diciendo
esto lo tomó por sorpresa y lo condujo al suelo en hábil maniobra de
artes marciales. Fue suficiente para llamar la atención de dos policías,
que habían estado observando la escena. _
¡Llévenlo al calabozo a este borracho impertinente! _ profirió
el vencedor. Inmediatamente
lo esposaron, lo condujeron al interior del vehículo policial y partieron
a la comisaría. El
calabozo tenía un área de cincuenta metros cuadrados, estaba dividido
por una pared de ladrillo de 1.20 m. de alto, detrás de la cual los
detenidos hacían sus necesidades fisiológicas, lo que condicionaba un
olor nauseabundo. Superfabián
no estaba solo, con él se contaban doce seres humanos, encarcelados por
diversos motivos. Había drogadictos, asaltantes sorprendidos in fraganti,
un violador de menores; todos ellos al verlo entrar no tardaron en
charcearse. Él permaneció en mutismo absoluto, pensando en aquella obra
de arte. La santa noche la pasó en vela, soportando las bromas pesadas de
sus compañeros de presidio. El frío era insoportable, y se ha de
reconocer que si no enfermó de infecciones respiratorias fue gracias al
nivel aceptable de sus defensas corporales. Finalmente, luego de más de
quince horas de reclusión, cuando fue interrogado por las autoridades
policiales, quedó absuelto. Habiendo replicado frases incoherentes,
carentes de sentido, los hombres de uniforme concluyeron que nuestro
personaje estaba demente. Encontrándose
libre, tomó rumbo a un cercano mercado en donde adquirió frutas para su
alimentación. Saciada su hambre, anduvo lentamente, abriéndose paso por
entre la gente hasta llegar a un puesto de venta de pajarillos
multicolores traídos de la amazonia. El cautiverio de las aves, por libre
asociación de ideas, le hizo recordar los sufrimientos y privaciones de
la reclusión y ante esa circunstancia, dijo solemnemente: "es
injusto el refrán: más vale pájaro en mano que ciento volando... esas
pobres criaturas deben volver a su hábitat natural, al paraíso creado
por el Señor para alegrar el ambiente con sus deliciosos trinos... como
superhéroe, jamás permitiré semejante atropello a la libertad.
¡Seréis libres, pajarillos míos!" Al
cabo de segundos, abrió la jaula y dejó escapar más de diez caros
ejemplares. El dueño del establecimiento, apuró el paso con garrote en
mano, decidido a cobrarse en las costillas de Superfabián el perjuicio
ocasionado por éste, pero de pronto, un hombre de mediana estatura, de
calva cabellera y ojos vivaces, interrumpió con energía: "¡Alto,
no lastime a este hombre; yo voy a arreglar!" Esta expresión calmó
el ánimo
del comerciante. Superfabián volteó
la mirada y se dio con la sorpresa de tener de cerca a José del
Rosal, antiguo camarada de estudios secundarios. _
Pero qué es lo que te pasa, Fabián; qué te ha sucedido, ¡mira
como andas! _
¡Soy la reencarnación de un superhéroe ya fallecido! ¡he
querido ser original! ¡por eso llevo esta "F" en mi pecho! la
misión consiste en recorrer el mundo para solucionar los males
existentes... Concluyendo,
se retiró sin despedirse del amigo. |
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